
[20-01-26] Por Antonieta Mateus Gorgues, directora del ISCR-IREL
Es un gozo encontrar personas que tienen un “sí” por respuesta cuando se las necesita, un “sí” para el encuentro cordial, un “sí” para echar una mano en situaciones delicadas. Ramon Prat era de esta clase de personas. Estaba dispuesto a recorrer kilómetros para ir a dar una charla a un grupo de jóvenes de un pequeño pueblecito, o a impartir una conferencia en un Simposio en la otra punta de la península; decía sí a un encuentro amistoso y también para ir a celebrar la Eucaristía con un grupo de colonias que se encontraba en el Pirineo.
Y, sobre todo, tenía claro que su servicio, su ministerio, no era para hacer “adeptos” a su persona. No quería que aquellos con quienes estaba fueran “dependientes” y trabajó para que adolescentes, jóvenes y adultos transitaran por caminos de autonomía y responsabilidad, que desarrollaran sus talentos y volaran alto y lejos.
Remarcaba a menudo que era un hombre de esperanza, no optimista sino esperanzado. Con gran realismo analizaba de manera crítica la situación del mundo que se nos ha dado como regalo y nos impulsaba a confrontarnos con sus contradicciones, injusticias, desigualdades, abusos de poder, opresiones, etc., pero no para vivir amargados sino confiando en que estamos precisamente aquí, en medio, que Dios nos ha puesto aquí, en medio, para que, sostenidos por su Espíritu, seamos fieles colaboradores para que su Vida, su plan amoroso para todos, llegue allí donde nos ha plantado.
Su espiritualidad era encarnada y nos ayudaba a “escuchar a los demás”, a “escuchar el mundo” para responder también con nuestra manera de actuar, de intervenir para hacer un mundo mejor. Para él la fe no era una huida, era compromiso, trabajo en equipo. Y las palabras de Jesús, los textos del Evangelio, surgían para cada momento aportando Luz y abriendo caminos.
Sembrar es un acto de confianza; esparcir las semillas generosamente. Sembrar cuando nos sentimos fuertes y seguir sembrando en medio de las debilidades. Sembrar en la juventud, en la vida adulta y cuando llega la vejez. Sembrar una Semilla que no es nuestra, una Semilla que dará Vida gozosa, que nos sostendrá en las dificultades, que nos mantendrá la sonrisa incluso en la tribulación. Cada tierra dará sus frutos y la responsabilidad del cultivo corresponderá a cada persona.
Esta es la semilla que recibió Ramon y que nos transmitió. En el Irel continuaremos su tarea y seguiremos sembrando. Ramon, ayúdanos desde la otra orilla a hacerlo siempre con la sonrisa en los labios y con una viva esperanza.
