
|11-03-26| El domingo 11 de marzo de 2001 (segundo domingo de Cuaresma) fue para Lleida y su diócesis una jornada histórica. En Roma, el papa Juan Pablo II, en una solemne Eucaristía celebrada en la Plaza de San Pedro del Vaticano, ante más de 25.000 fieles —unos 300 leridanos estuvimos presentes— beatificó a 233 mártires de la Guerra Civil. Aunque la mayoría eran valencianos, entre los beatificados se encontraba el joven mártir leridano Francesc Castelló Aleu, quien tuvo durante la ceremonia un protagonismo destacado.
Hoy, cuando se cumple el vigésimo quinto aniversario de aquella beatificación, permitidme recordarla para rememorar —que significa pasar por el corazón— aquella emocionante jornada, imborrable para todos los que la vivimos en primera persona y para tantos otros que pudieron seguirla mediante la retransmisión que ofrecieron la televisión, la radio y otros medios de comunicación.
A las 10 en punto de la mañana se inició la ceremonia. A la izquierda del altar se encontraba la representación oficial de España presidida por el ministro de Medio Ambiente Jaume Matas, con la consejera de Gobernación Núria de Gispert y el consejero de Justicia Josep Delfí, en representación de la Generalitat. Lleida estuvo representada por el alcalde Antoni Siurana, acompañado por los concejales Miquel Padilla y Antonio Aige. A la derecha del altar fueron colocados los postuladores de las causas de beatificación, entre ellos Mn. Gerard Soler, vicepostulador de la Causa del Beato Francesc. Delante del altar y en un lugar destacado habían sido situados los familiares directos de quienes iban a ser proclamados beatos; entre ellos se encontraban las dos hermanas del mártir leridano, Teresina y Maria Castelló Aleu, ya fallecidas.
Iniciada la Eucaristía, comenzó el rito de beatificación. Fue entonces cuando el recordado y muy querido obispo de Lleida, Francesc Xavier Ciuraneta, con voz emocionada, pidió al Santo Padre la beatificación de Francesc Castelló. Lo hizo recordando su militancia en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña y su testimonio de cristiano coherente con su vida y comprometido hasta la muerte martirial ocurrida el 29 de septiembre de 1936 en el Cementerio de Lleida. Acto seguido, cuando eran las diez y veintitrés minutos de la mañana, Juan Pablo II, ya muy anciano y fatigado, recitó la oración con la cual quedaban proclamados beatos los 233 mártires y el leridano Francesc Castelló. Fue entonces cuando, ya desplegado el tapiz de los mártires que colgaba del balcón principal de la basílica, estallaron los aplausos y ovaciones de la multitud de fieles que llenaban a rebosar la Plaza de San Pedro del Vaticano. El numeroso grupo de leridanos, con senyeras y una bandera de la ciudad ofrecida por la Paeria, nos hicimos notar y mucho, celebrando la beatificación de uno de los nuestros, gritando: «¡Viva el beato Francesc!».
Acto seguido, ya más serenos, escuchamos cómo el Papa, en su homilía, hacía una mención especial al ya beato Francesc: «…que, consciente de la gravedad del momento, no se escondió, sino que ofreció su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, al tiempo que nos dejó tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas momentos antes de morir», dijo Juan Pablo II destacando su juventud. ¡Un mártir de solo 22 años!
Al día siguiente tuvo lugar una misa de Acción de Gracias en la Basílica de San Pedro, presidida por quien entonces era arzobispo de Valencia, Agustín García Gasco, concelebrada por el obispo Ciuraneta y otros obispos, cardenales y numerosos sacerdotes, entre ellos los doce de la diócesis de Lleida que nos habían acompañado en la peregrinación a Roma. Finalizada la misa y después de cantar el Virolai, Juan Pablo II entró en la basílica para saludar a los peregrinos, mientras resonaba la letanía: «Beato Francesc Castelló Aleu, ruega por nosotros».
En Lleida, la beatificación tuvo una extraordinaria repercusión, llegando al corazón y al alma de muchos. La diócesis lo celebraría pasada la Pascua, concretamente el 29 de abril, con una concelebración eucarística multitudinaria en la Catedral, presidida por el obispo de Lleida y el auxiliar de Alicante Jesús García, ya que en esta ciudad nació el beato en 1914. En su homilía, el obispo Ciuraneta, que tanto había trabajado para ver a Francesc Castelló proclamado beato, dijo que de la vida y muerte del joven mártir impresionaba todo y expresó este deseo: «…que su imitación conduzca a producir en la sociedad actual frutos abundantes de amor y de esperanza». Creo que no puedo concluir mejor que con aquellas palabras dichas por el obispo Ciuraneta, plenamente vigentes en este mundo tan falto de amor y esperanza.
Jordi Curcó
Comissió Beat Francesc Castelló
